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El mar siempre fue un atractivo para la raza humana. una atracción que quizás nos viene de la herencia genética (las primeras formas de vida), o de la curiosidad, sus riquezas y sin duda su belleza.
Desde la prehistoria conocemos los restos que nos dejaron los pueblos ribereños que certifican que la recogida de moluscos y crustáceos formaba parte de su alimentación habitual. Primero cogerían aquellos ejemplares que la bajamar dejaría al descubierto y poco a poco, descubriría que bajo la superficie existía un mundo prometedor. La necesidad le haría vencer el miedo y primero la cabeza y luego todo el cuerpo comenzaría la exploración submarina. Muy pronto se descubriría que además del alimento se podían conseguir un medio de vida comercializando los productoos que se extraían: las perlas, el nacar, las esponjas, el tinte entre otros.
Los cazadores-recolectores ante-neanderthal del Paleolítico Inferior, descubridores del primer fuego europeo, que vivían hace mas de 400.000 años en Terra Amata (Niza), utilizaban recursos marinos y consumían ocasionalmente doradas; y al menos desde el Paleolítico Medio nuestros antepasados pescaban, es decir atrapaban peces sirviendose de arpones y anzuelos. Desde entonces se recolectan mariscos y crustáceos para comer o hacer collares y adornos y se aprovechan las mareas. Y aún hubieron de transcurrir milenios para que las primeras embarcaciones surcaran sus aguas durante el Neolítico. Sumergirse en el mar constituyó un reto insuperable hasta que se desarrollaron las primeras civilizaciones históricas y el ser humano comenzó a plantearse como dominarlo o, al menos, penetrarlo. Y lo hizo de tres maneras: soñando, utilizando sus propios y limitados recursos físicos e inventando artilugios. Pensando, dando rienda suelta a la imaginación, convertía sus deseos en realidades imaginarias, fábulas y leyendas, y realizaba sus sueños a través de personajes mitológicos, mitad humanos y mitad peces, dioses y diosas, tritones y nereidas que habitaban en sus profundidades.
La mitología griega constituye un muestrario precioso del que retendremos a Glaucos, divinidad marina que había sido un pobre pescador en Beocia. Un día, después de dejar la pesca sobre la hierba, observó como los peces recobraban vigor y movimiento y volvían al agua; él también comió la hierba mágica y se lanzó al mar, donde Tetis y las Nereidas le acogieron, haciendole inmortal. Zambulléndose en apnea como nos relatan los textos homèricos atribuidos al siglo VIII a.C. o prueba indirectamente la mención por Hipócrates del uso medicinal de esponjas en el IV a.C. Inventando instrumentos como los odres llenos de aire, auténticos pulmones artificiales, representados en los relieves asirios y en pinturas egipcias o el tubo, usado por Cyana, hija de Scyllas, para acercarse sin ser vista a la flota persa y cortar las amarras de las embarcaciones (480 a.C.) o descrito por Aristóteles, que en el siglo IV a.C. reflexionaba también sobre la campana de aire, el efecto de la presión sobre el oido y el uso del aceite.
Las motivaciones que han empujado a lo largo de la historia a hombres y mujeres a la conquista del mar son diversas. No sólo la necesidad o el hambre, usos militares o la recuperación de tesoros han constituido estímulos; también la curiosidad o el afán lúdico, la búsqueda de placer, han sido un acicate al ingenio humano. A los ejemplos mencionados del uso militar de submarinistas en apnea o provistos de tubo, pueden añadirse otros como el relatado por Tucídides referido al sitio de Siracusa (413 a.C.) y la expugnación de las defensas de su puerto, el de los macedonios contra Tiro (332 a.C.) y el curioso caso narrado por Lucano, quien explica en la Pharsalia, los feroces combates marítimos entre pompeyanos y cesarianos en el cerco de Marsella (48 a.C.), en los que sobresalía un temible guerrero cuya capacidad de apnea le permitía ahogar en mortal abrazo a cuantos enemigos conseguía arrojar al agua.
Una serie interminable de ejemplos nos llevaría a los hombres-rana de combate de la Segunda Guerra Mundial. Los casos en los que la innovaciones se vinculan a la recuperación de tesoros son tan o más conocidos. Ya en época romana, esta actividad había llegado a un grado tal de desarrollo que se encontraba profesionalizada y reglada por leyes que fijaban recompensas en relación con la profundidad y el riesgo. Estos especialistas llamados urinatores utilizaban piedras como lastre y, según nos explica Plinio en su "Historia Natural", se sumergían con una esponja en la boca, empapada en aceite que una vez en el fondo expulsaban lentamente comprimiendola; conseguían de esta forma mejorar la visibilidad, gracias a que el índice refractor del aceite en el agua es semejante al del ojo humano.
También el mítico buceador y nadador Nicolás, apodado El Pez, citado por Cervantes en el Quijote, se dedicaba entre otras a esta actividad. Pero quizás el episodio más celebre y aún inacabado sea el de la recuperación de los galeones españoles hundidos en la Ruta de la Plata a lo largo de los siglos XVI y XVII. Unidas a la condición humana, la sed de aventura o la simple curiosidad han constituido siempre un estímulo capaz de hacernos asumir riesgos y percibir como un desafio lo desconocido. Una antigua leyenda lo explica a la perfección: se cuenta que Alejandro Magno, dominador del mundo y hastiado de todo por conocido, entendió el mar como un último reto y se hizo construir una campana de vidrio para sumergirse en él.
Primero con sus ojos cegatos bajo el agua, con su flotabilidad positiva, por cortísimos espacios de tiempo, bajaría a poca profundidad intentando recoger la cosecha generosa del fondo. El éxito lo llevaría a posteriores descubrimientos: unas rudimentarias gafas de conchas, una piedra de péndulo que le permitía bajar a mayores cotas, el entrenamiento y la enseñanza de padres a hijos haría durar más las apneas.Luego vinieron las grandes civilizaciones y las conquistas y guerras. Los cretenses, los fenicios, los griegos y los romanos usaron buceadores entrenados para acciones bélicas.

Dentro de los ejércitos griegos figuraban los llamados urinatores, comparables con los hombres-rana de las organizaciones militares actuales. Las misiones de los urinatores consistían en atacar a mano las defensas enemigas, transportar víveres y armamentos a ciudades sitiadas o llevar mensajes escritos en brazaletes de plomo. Para neutralizar las maniobras de este tipo de combatiente se crearon varios medios de defensa, entre las que destacan redes sumergibles con cascabeles y de gigantescas ruedas llenas de cuchillas, las cuales se hacían girar en el agua para provocar bajas entre los urinatores.
Sin duda que se desarrollaría al mismo tiempo que el resto de la evolución del buceo. Sin embargo, nunca fue un medio de vida. Sería practicada por una minoría exigua, algún buceador que contemplaba con ella su aportación a la economía familiar. Se harían lanzas y flechas impulsadas primero por la fuerza del brazo y luego con nuevos inventos rudimentarios. Se sabe que se practicaba en el oriete africano y asiático. Aunque la gran tradición viene de la Polinesia, según los relatos de los marinos descubridores del Pacífico. Precisamente es un polinesio quien en 930 demuestra a los asombrados "aficionados" del grupo de Cousteau como realizar esta actividad submarina.
En 1936 aparecen en Francia las gafas binoculares Fernez, que sólo se podían usar en superficie pues la presión las aplastaba y hacía imposible la inmersión. El doctor Pulvenis acopla a una mascarilla de cristal único, dos esferas de goma huecas, una a cada lado, que al bajar equilibraban la presión con el aire que contenían. Taillez, del mismo grupo francés, parece que cambió todo fabricando unas gafas que incluían la nariz, con lo que se eliminaba para siempre el aplastamiento.
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